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- ¿Así me quieres?.- le pregunto excitado, por lo que creía que era un juego de dominación:

 

- ¡Ummmm!, ¡veo que estás más definido!.- y con esa aseveración, (¡púmm!):

 

- ¡Umk!.- encajando un formidable puñetazo en sus fornidos abdominales, cayendo medio asfixiao de rodillas al suelo, gozoso dejó que TERCHELD le encadenara. Pero pronto se encontró con la dura realidad:

 

- ¡Dirígete a las cámaras de torturas!:

 

- ¡Joder, tío!, ¿qué pasa?.- porque sin miramientos:

 

- ¡Ay!, ¡aggg!.- con viriles pellizcos en los pezones y muerdos crueles en las tetas, lo llevó a la tétrica mazmorra en la que se encontraba, ya muy abierto de patas porque su recién estrenado amo, había conseguido empalmarlo mucho:

 

- ¡Quiero que me entregues los dos amuletos, que ROMEO dice que tienes!.- le ordenó por el camino:

 

- ¡No entiendo, tío!.- le respondió y es que RUFUS no daba crédito a lo que oía, y menos con el sadismo conque le estaba tratando su queridísimo amo, porque eso era ya TERCHELD para él:

 

- ¡No le haga caso a ROMEO señor, es un cabrón!.- le comunicó no obstante enrabietado por saber que fue el siciliano el que había preparado la trampa para vengarse de él, por lo ocurrido en las mazmorras del barco. Hasta que, tirando con fuerzas de las cadenas que le rodeaba brazos y torso, mostrándole a su futuro torturador el desarrollo muscular alcanzado por él en el gym; le participó a su exhombre de confianza:

 

- ¡Si se refiera a las dos argollas de TRALLAX!, sí las tengo yo!, ¿y qué?. ¡Precisamente me las dio ROMEO, porque me había encaprichado de ellas!.- y avergonzado, RUFUS mostrándole muy erectitos sus vellidos pezones, le confesó:

 

- ¡Quería que tú me las pusiera con mucho dolor, amo!. ¡para que comprendiera lo que le deseo, amo!.- ya que hacía días tenía la secreta intención de que TERCHELD se las impusiera acatándolo así por fin como master. Pero esa confesión no le valió para nada, ya que el hispano seguía mosqueado porque creía que las dos argollas que escondía eran los dos talismanes y con la desconfianza al recordar que RUFUS fue hombre de confianza de SEXTO y ende del Emperador de Gaia. No le creyó en ningún momento; obcecado como estaba en encontrar el talismán de Morg y el anillo de Shilrimm de la forma que fuera:

 

- ¡No me vengas con milongas, sé que los amuletos están por aquí!.- y viendo que RUFUS agachando el rostro, no respondía:

 

- ¿Con que no quieres hablar, eh, perro?. ¡Te ordeno que me entregues los amuletos sagrados de Krom!.- y cogiendo el buen látigo que trajo consigo, oyó a RUFUS responderle:

 

- ¡Sí los aros pezoneros de TRALLAX no es lo que buscas amo, entonces no sé de que amuletos me hablas!.- y aunque no dejaba de nombrarle amo (nunca lo había echo antes), ni por esas se salvo de ser duramente flagelado, (¡zúmm!, ¡sspláss!):

 

- ¡Ufff, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡umk!.- torturándole a latigazos los músculos que en la intimidad estuvo machacando en el gym, para estar más cachas y gustarle más a ese macho, al único que estaba deseando intensamente tener en su vida de amo. Siendo aquellos magníficos músculos lacerados por primera vez por otro tipo, (¡zúmm!, ¡sspláss!):

 

- ¡Aggg!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡auk!.- conociendo así el placentero gozo de caer bajo el yugo de otro macho. Arrancándole TERCHELD al velludo musculitos unos gemidos muy putas, que estaban volviendo loco al sádico español. Por eso, soltado el látigo con la intención de bajar la líbido:

 

- ¡Dame latigazos con más ganas amo, que soy muy fuerte!.- encadenó los brazos del romano al techo y dejándole con los pies de puntillas:

 

- ¡Veamos si eso es cierto, muñeco!.- (¡púmm!):

 

- ¡Uk!, (¡púmm!), ¡aug!, (¡púmm!), ¡humm!.- comenzó a puñetazos limpio a porrear aquellos masivos y cultivados abdominales del romano. Que metiendo pecho con sonoros resoplos, los encajaba medio asfixiao, muy empalmado, sin poderlo remediar, por ser torturado por primera vez por el sádico más sexy que conocía, por el hombre que amaba. Tanto que hizo de él un masoca entregado a sus caprichos en pocos días:

 

- ¡Por favor amo!, ¡que yo no se nada de eso, ni siquiera he oído hablar de ellos!.- logró por fin decir el romano, arrepentido de su anterior chulería. Pero el hispalense no estaba por la labor de creerle. Había dado crédito a las palabras de ROMEO, (¡púmm!):

 

- ¡Humm!, (¡púmm!), ¡ug!, (¡púmm!), ¡humm!.- y lanzándole una nueva andanada de cates a aquella masiva pared abdominal, le aporreó los fantásticos músculos del vientre con brutalidad sádica, hasta que dejándole bien marcados los nudillos, esperando que recuperara la entrecortada respiración, comenzó una retahíla de ostias en sus masivos pectorales, arrancándole unos gemidos que lo estaban poniendo cachondísimo. Preguntándole de nuevo:

 

- ¡Te he dicho que me digas en donde están los amuletos!.- pero el romano, retorciéndose de dolor, gozando íntimamente de tanta agonía, le contestó una vez más:

 

- ¡No conozco ningún amuleto y menos de esas características!.- pero no consiguió nada, porque supo que no le convenció:

 

- ¡Ahora verás esclavo!.- (¡zúmm!, ¡sspláss!):

 

- ¡Ausss!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡aggg!.- porque TERCHELD siguió torturándole y a latigazos en sus desplegadas tetas, le medio despellejó vivo, pasando a su cuadrada espalda, a la misma que a partir de ahora se iba a encargar con su esfuerzo y sudores a lograr hacer más cómoda las vidas de TERCHELD y de ROMEO:

 

- ¡Amo, que no miento!.- le dijo muy destrozado física y mentalmente. Mientras su verdugo, disfrutaba al observar de cómo el miembro viril del romano, huyendo de la sucia tela de sus bragas, mostrándola amarilla y mojada de una buena meada, aparecía el erecto nabo por encima, fuera de la cinturilla:

 

- ¡Eres una puta muy cerda!.- y cogiendo unos afilados cuchillos:

 

- ¡Ahhh!, ¡aggg!.- realizándole en sus musculosos pechos profundos cortes, le sajó por la mitad tan ricos pezones, y gozando de cómo el fornido romano gemía y bufaba, procedió a cuartearle los poderosos bíceps y espalda de macho de carga, hasta llegar a sus virginales nalgas; en donde, quitándole la cochina braga:

 

- ¡Hummm!, ¡amo cabrón!.- cortándole con más profundidad ambos músculos, con las manos después se los separó:

 

- ¡Te voy a follar, esclavo!.- y pegándole unos pequeños cortecitos en los labios de tan vibrante potorro:

 

- ¡Hummmm!.- usando la roja sangre como lubricante:

 

- ¡Me estás convirtiendo en una puta, amo!.- se la clavó en tan estrecho ojete. Potorro que al no conocer polla alguna hasta ese momento, no sabía dilatar, y aunque le estaba sabiendo a gloria, el dueño de tan rico chocho veía de agonía las estrella.

 

Pero aquel nabo follaba de muerte, tanto que sus grandes pectorales vibraban con poderosas contracturas lanzando sus tiesos pezones de un lado a otro. Pero la violación le estaba produciendo tanto dolor, que su follador no paró hasta que él perdió el conocimiento. Pero meándose al poco en tan masculino rostro:

 

- ¡Cuenta, dime donde están!.- le hizo volver en sí:

 

- ¡No lo sé, amo!.- y con los ácidos siguió interrogándole:

 

- ¡No por favor amo!. ¡Uaggg!.- que utilizándolos en el agujero anal, le produjo fuertes quemaduras y mucho dolor:

 

- ¡Voy a probar en ti los efectos de los ácidos!, ¡sino no hablas antes, claro está!.- y contrayendo sus cultivados músculos:

 

- ¡Pon el culete respingón!.- RUFUS alzando sus musculosas nalgas:

 

- ¡No mi verdugo, no!.- se sometió a todas las torturas, y cuadrando sus músculos no dijo nada más:

 

- ¡Aggg!. ¡mi sensible potorro!.- no podía porque no tenía nada que decir. Hasta que atrozmente atormentado por el ano:

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