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Mini relato:

Aproveché para metérsela en la boca, sabiendo que no se atrevería a morderme. Se la metí a fondo en la boca. La postura la permitía tragársela entera sin dificultad. Intentó retirar la cabeza, pero ya la tenía sujeta por la nuca, y empecé a mover la cadera follándola la boca, mientras la acariciaba el coño metiéndole un par de dedos. Se la notaba disfrutar aunque se negara a ello. Yo notaba como me acercaba al climax, y entonces paraba momentáneamente, pero sin sacársela. Ella tomaba aliento entonces, tragando la saliva con sabor a mi leche que de vez en cuando me babeaba.

Me levanté de encima de ella para ir a buscar un condón a mi cuarto. La polla me palpitaba, los huevos los tenía duros, apretados contra la polla. Cuando volví al comedor, ella se estaba vistiendo a toda prisa.

- Espera, no te vayas. - Vete a la mierda, Darío. Eres un cabrón y un cerdo - No me digas que no estás disfrutando… vamos a follar - Eres un cerdo, no sé que coño te pasa, te comportas como un salvaje - Reconoce que te está gustando - Sí, pero no me gusta que me trates así

Me miró a la polla, y vi en sus ojos que dudaba, pensándose si irse y quedarse a seguir disfrutando. Terminó cogiendo sus cosas, y según salía por la puerta me dijo:

- Llámame cuando estés más tranquilo

Me quedé allí de pié, excitadísimo, con un condón sin usar en la mano. Me tumbé en el sofá, dispuesto a pajearme. Me escupí en la mano, y empecé a sobarme la polla y los huevos. Tenía ganas de terminar deprisa, pero me obligué a hacérmelo despacio. Me apretaba el rabo y me salían gotas blancas que lamía de mis dedos. Me tiré así un buen rato, hasta que el teléfono me interrumpió. Era ella.

Paré de masturbarme y estuve hablando con ella. Estaba muy mosqueada conmigo, me preguntó si había fumado o tomado algo últimamente, porque llevaba varios días un poco raro. La convencí de que eran imaginaciones suyas, que simplemente estaba ocupado estudiando, le pedí perdón por mi comportamiento, y se puede decir que hicimos de nuevo las paces. Aproveché para preguntarle: - Te ha molado la comida que te he hecho, eh? - Cállate, que me da corte… - Te ha molado, que lo sé, que te has corrido como nunca - Sí, ha sido muy… muy fuerte. Y cuando me has metido la polla en la boca y los dedos en el.. los dedos abajo, casi me corro de nuevo. - Uffff, pues en ese momento yo estaba a punto de correrme en tu boca, pero como sé que no te gusta… por eso paré para ir a por un condón, que si no…

Ella me había hecho mamadas, pero nunca me había dejado correrme en su boca, dice que le daba asco, y eso a mi me frustraba un poco, pero lo respetaba.

- La próxima vez no paro, jajajaja –comenté en broma.

Ella se quedó en silencio.

- Lo digo en broma, mujer. No te mosquees. - No me mosqueo, bueno… ya hablamos mañana.

La conversación me había quitado un poco las ganas de seguir con la paja, aunque notaba los huevos doloridos por las ganas de correrme. Cené algo, y me acosté, con el olor de su coño en los dedos de una mano, y el olor de mi polla en los dedos de la otra.

Día 04

El jueves me levanté y me vestí con un pantalón de lino y una camiseta, para evitar pasar el calor de los otros días. Como me había mandado mi maestro, no me puse calzoncillos, por lo que notaba la polla suelta, y aunque no me había levantado excitado, sí estaba en un permanente estado de tener la polla morcillona por el calentón no resuelto de anoche. Por eso, se me marcaba la polla en el pantalón de lino más de lo normal, y supongo que por eso en el metro, un tipo que debía de ser marica no me quitaba ojo de la entrepierna. Aunque no me molestaba que me mirara, sí me incomodó un poco pensar que él podía pensar que me “alegraba” de verle por tener la polla así.

Llegué puntual a mi clase. Nada más entrar en el estudio, mi profesor me pidió los ejercicios que me había mandado el día anterior, y que me pusiera a estudiar mientras me los corregía. Se los di, y noté cómo ponía cara de satisfacción al ver que los había hecho todos.

Me senté en mi mesa y me puse a estudiar. Cuando el calor empezó a hacerse notar, no podía evitar moverme despegándome los pantalones de la piel sudorosa de las piernas. Mi profesor me miró desde su mesa y me dijo:

- Puedes desnudarte si vas a estar más cómodo. - No, gracias. Está bien así. - Como quieras…

Y siguió corrigiendo mis ejercicios. Estuve un par de minutos más pensándomelo, y a continuación me puse de pie, me saqué la camiseta, las zapatillas y los pantalones, dejándolo todo colocado a un lado de la mesa, quedándome completamente desnudo. Lo que el día anterior había sido un castigo, una humillación, hoy lo hacía yo voluntariamente, encontrando incluso cierto placer en hacerlo. Creí ver una sonrisa de satisfacción en mi profesor cuando me quitaba la ropa. Las dos primeras horas pasaron sin más novedad. Una vez que le pedí beber agua, me mandó a la cocina a por una jarra y un vaso. Los dejé sobre mi mesa, esperando no sé por qué que fuera él quien me diera de beber como hizo el día anterior. Sin embargo simplemente me dijo con indiferencia:

- Puedes beber.

Me devolvió los ejercicios resueltos y me dijo que siguiera estudiando, que el día siguiente, el viernes, me haría el primer examen; para ver si, después de esta primera semana, me aceptaba definitivamente como alumno. Apenas me dirigió más la palabra en todo el tiempo: se limitó a estar allí sentado, leyendo, contestando a algunas de mis preguntas sobre el tema del día. Su indiferencia me molestó un poco. No sé qué esperaba yo, realmente. Después de lo intenso que fue todo el día anterior, hoy me parecía como que necesitaba que me siguiera prestando atención, aunque fuera echándome la bronca por algo…

Casi al final de la última hora, pedí permiso para mear. Me lo concedió. Entonces fui a por el orinal, y meé allí, de cara a él. Cuando lo dejé en el suelo, me sorprendió su voz al decirme:

- Darío, yo también quiero mear. Acércate con el orinal.

Se lo acerqué mientras él se ponía en pie. Le dejé el orinal en el suelo a su lado, y ya me daba la vuelta, cuando me dijo:

- Espera, así no es. Debes ponerme a mear: sácamela y sujeta el orinal.

En ese momento me salió el carácter de gallito que siempre tenía cuando iba con los amigos: - ¿Qué? ¿Qué dices, tío, serás maricón?, paso de mariconadas, no te confun…

En ese momento y a una velocidad que ni me di cuenta, mi profesor me golpeó dándome una bofetada con tal fuerza que caí de lado. El orinal en el que acababa de mear rebotó en el suelo, derramándose mi meada por el suelo. Me quedé aturdido en medio del charco de orina, sentado y notando la orina aún caliente en mis manos, las piernas y el culo, preguntándome qué había pasado, cuando mi profesor de otro golpe rápido me abofeteó el otro lado de la cara. Me incliné hacia delante para esconder la cara entre las manos, y aprovechó para ponerme el pie en la espalda, echándome más hacia delante, apoyándose con todo su peso, hasta que me obligó a echarme al suelo, tumbado sobre mi propio orín. Se agachó y poniéndome una mano en la cabeza me hundió la cara en la meada del suelo.

- Darío, ya sabía yo que no llegarías al viernes. Una pena, porque realmente me hubiera gustado tenerte de alumno. Limpia todo esto, recoge tus cosas y vete. Ya me encargo yo de llamar a tu padre para decirle que no eres apto.

Me quedé en el suelo, sin moverme, lo que me parecieron minutos, pero que en realidad fueron unos cuantos segundos. La cabeza me daba vueltas aún por el par de golpes, y me ardía la cara.

Aún no sé por qué hice lo que hice a continuación, y no sé si debería arrepentirme de ello.