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| Mini relato: Cuando se cumplieron las horas de clase, QUIQUE me dijo que podía irme, y que pese a todo había sido un chico bueno. Salí de allí sin decir ni adiós, ni nada. Me acordé del chico que había visto salir el día anterior, comprendiendo de pronto el porqué de su aspecto. Murmuré para mi: “hijo de puta, no pienso volver por aquí”.
Fui a casa, dejé las cosas, me duché, viéndome en el espejo la marca que me había dejado la regla en el glúteo. Me volví a poner el pantalón sin darme cuenta que no me había puesto los slip. Esa tarde, cuando mi novia me metió mano, me inventé que no me había puesto slip porque estaban húmedos aun de la lavadora y no tenía ningunos secos. También me inventé que no tenia ganas de rollo, que no me encontraba bien… No quería tener que inventarme nada sobre la marca de mi culo. Día 03 A la mañana siguiente estuve dando vueltas en la cama, dudando si ir o no a ver a mi profesor. Me había levantado con la polla tiesa para variar. Intenté masturbarme pero no me concentraba: si iba clase debería salir ya corriendo,… Me levanté de un salto, me lavé la cara, me puse la ropa que había dejado tirada allí mismo el día anterior (el mismo vaquero y la misma camiseta). Me abroché los botones del vaquero, sin ponerme slip, apretándome la polla tiesa y me fui corriendo para clase. Ir corriendo llevando la polla tiesa sin slip con el pantalón ceñido hacía que no se me terminara de quitar la erección, con el roce continuo. Podía notar como se había retirado la piel del glande, y me rozaba el vello contra el. Llegué justo un minuto antes de la hora, subiendo corriendo los escalones, cerrando la puerta a mis espaldas de lo que sería mi tercera clase con mi profesor particular y futuro Señor Me senté en mi mesa recuperando el aliento, y pensándomelo mejor, me levanté de nuevo y esperé de pie junto a mi mesa. Mi profesor, QUIQUE, entró en el cuarto de estudio poco después. -Deja los ejercicios que te mandé ayer sobre mi mesa y siéntate, Darío. ¡Los ejercicios!. Caí en la cuenta que no los había hecho, porque el día anterior estaba convencido de que no volvería a clase. Decidí contarle la verdad a mi profesor: -No los tengo. No pensaba haber venido más, y por eso no los hice. Pero esta mañana lo pensé mejor y decidí venir. Por eso no los tengo… Mi profesor se me puso delante, con cara de satisfacción. -Darío, me alegra que hayas pensado mejor lo de no venir. Eso me indica que quieres seguir con tu educación, y que quieres que sea yo el encargado de educarte, ¿verdad? -Sí, supongo… -Sin embargo, el no haber hecho tus tareas no puede quedar sin castigo. Lo entiendes, ¿verdad? -Sí, pero… -Tu castigo será proporcional al trabajo no realizado. Haz ahora los ejercicios. El tiempo que tardes en hacerlos será el tiempo que estarás castigado. Siéntate y empieza. -Sí señor Mi profesor salió de la habitación. Me senté y empecé a hacer los problemas, preguntándome cuál sería el castigo que tenía pensado para mí. Empezaba a hacer calor, empecé a sudar ligeramente y me di cuenta entonces que no me había duchado esa mañana, y que llevaba puesta la ropa del día anterior, notando mi propio olor a sudor. Al cabo de cuarenta minutos terminé, dejé el lápiz sobre la mesa y justo en ese momento, como si hubiera estado observándome, mi profesor entró en el estudio. Llevaba en una mano una alfombrilla que dejó en el suelo, al lado de su mesa en el otro extremo de la habitación. Recogió mis ejercicios poniéndolos encima de su mesa. -Muy bien. Has tardado cuarenta minutos, por lo que estarás cuarenta minutos castigado. Desnúdate. Me quedé quieto, creyendo haberle oído mal, pero me repitió: - Desnúdate y ponte de rodillas sobre la alfombra. Me puse de pie, notando un escalofrío de miedo en la columna vertebral. Lentamente, me saqué la camiseta, me quité las zapatillas sin desabrocharme los cordones y me quité el pantalón. Me quedé allí de pie, desnudo, las manos delante de mi polla, tapándola. Mi profesor pudo observarme mientras tanto: 1,75, 67 kilos, moreno, el pelo corto estilo modernillo, cuerpo delgado pero duro por el deporte en el colegio, la piel, casi sin vello, la tenía morena gracias a los primeros días de piscina del verano, menos la zona del bañador, que tenía más blanca, resaltando el vello púbico, corto, moreno y rizado. Notaba la boca seca y ganas de mear por los nervios, y pese al calor que hacía en la habitación, temblaba ligeramente. QUIQUE, poniéndose detrás de mí, me puso la mano en la nuca, llevándome hacia la alfombra. -No tengas miedo, sólo es un castigo, nada más. Hay que saber hacerse cargo de los errores que uno mismo comete, aceptarlos, reconocerlos y finalmente pagar por ellos. Así irás endureciéndote, madurando y aprendiendo a ser más responsable. Saber cumplir tus castigos puede incluso ser más placentero de lo que piensas. Mientras me decía esto, me hizo suavemente, despacio pero con firmeza, ponerme sobre la alfombra y arrodillarme, poniéndome a cuatro patas. Curiosamente, su mano en la nuca, agarrándome el cuello por detrás, me tranquilizaba. Pasó la mano por mi espalda húmeda de sudor, como acariciando un perro, y al llegar a mi culo me dio un azote con mucha fuerza. Me mordí el labio para no soltar un pequeño grito. Volvió a palmearme el culo, y otra vez, y otra, hasta diez veces. Notaba como me escocía la piel de los glúteos. Cuando terminó, se sentó en su sillón de detrás de su escritorio, y girándolo un poco, puso los pies sobre mí, mientras corregía mis deberes. La cara me ardía de vergüenza e impotencia, casi tanto como mi culo de dolor. Pensé en ponerme en pie en un par de ocasiones y enfrentarme a él, pero también veía lógico que me castigara por no haber hecho mi trabajo… Una especie de síndrome de Estocolmo que no podía comprender ni aceptar del todo… Aguanté así los cuarenta minutos, que se me hicieron una eternidad. Cuando pasó el tiempo, me dijo: -Ya está. Puedes sentarte en tu sitio. Pero no te vistas. Nada más sentarme, como la boca se me había secado, me atreví a pedirle que me dejara ir a beber un poco de agua. -Espera aquí. Trajo una jarra llena de agua fría, y un vaso. Se acercó a mí con el vaso lleno de agua. -Abre la boca. Abrí la boca un poco pensando que me daría de beber, pero lo que hizo fue beber él un trago grande, y tirándome del pelo hacia atrás, dejó caer el agua de su boca a la mía. En un primer momento cerré la boca asqueado, cayendo el agua por mi cuello y mi pecho. Con calma, volvió a beber un gran trago, y haciendo de nuevo que echara la cabeza hacia atrás volvió a repetir lo mismo. Esta vez, y por lo que pudiera pasarme, abrí la boca, bebiendo directamente de la suya. Me sentía como una marioneta en sus manos, humillado, degradado |