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| Mini relato: Era la primera vez que me quedaba sin ir de vacaciones con mi familia. Mi padre me había castigado a quedarme todo el verano en Madrid estudiando mientras que los demás iban a la playa. Normal, tras tener tantas suspensas para septiembre. No solo me había amenazado con que si no aprobaba tendría que trabajar con el en el taller en vez de ir a la universidad, sino que me había buscado un profesor particular “amigo de un amigo de un amigo…” suyo, que sabría hacer que me esforzara, según le oí hablar por teléfono con el. Oí como mi padre le decía que hay que tener mano dura conmigo porque siempre estoy en la inopia. Día 01. Ese primer día que me quedé solo en casa era el mismo día que empezaba las clases particulares. Tras ducharme, me puse un slip, los vaqueros, una camiseta azul, y las zapatillas. Me fui a la dirección que tenía apuntada en una hoja. Llegué al portal casi 20 minutos antes de la hora, justo a tiempo para ver salir a un chaval con unos libros bajo el brazo. Tendría mi edad, pero lo curioso era que iba desaliñado, tenía un lado de la cara rojo, como de haber recibido una bofetada; se estiraba hacia abajo la camisa que llevaba por fuera, la tenía arrugada, pero no conseguía ocultar una mancha oscura en el pantalón, en la entrepierna. Como no empezaba hasta las 8, me metí en un bar a tomar un café con una tostada, desde donde veía las ventanas del piso al que iba. Aún estaban cerradas las persianas. Cinco minutos antes de la hora vi que subían las persianas, y me fui para el piso. Me abrió la puerta el que sería mi profesor, Enrique. QUIQUE en adelante. Era un tipo alto, grande. Aparentaba ser un tío serio, y tras un apretón de manos y algunas preguntas corteses de presentación me hizo pasar por delante de él a una especie de cuarto de estudio. Cuando me senté en la que se suponía que sería mi silla, me dijo: -Darío, me parece que no te he invitado a sentarte. Me levanté de un salto, un poco avergonzado, quedándome de pié junto a mi silla. Mi profesor me empezó a hablar del plan de estudios que seguiríamos mientras daba vueltas a mi alrededor. Yo, con algo de vergüenza y un poco extrañado de la rareza de ese tipo, miraba de reojo el estudio, mientras notaba como mi profesor me examinaba con la mirada según daba vueltas lentamente a mi alrededor. La calma con la que hablaba, el tono de su voz, la forma de mirarme, todo… me hacía ver que era un tipo muy serio, seguro de si mismo, de los que no se tragan las mentiras típicas de por qué no se hacen los ejercicios en casa ni se permite colegueo con él. Me habló de lo decepcionado que tenía a mi padre, de cómo le había pedido que me aceptara para darme clases, y de que incluso tenía carta blanca para darme algún cachete si lo veía necesario. Justo en el momento de decir esto, se paró frente a mí, mirándome a los ojos y poniéndome una mano en el hombro: -Pero seguro que no será necesario llegar a ese extremo, ¿verdad? -No, no, claro que no… Haciendo presión en mi hombro, me dijo: -Puedes sentarte ya. |